El atajo

Autora: Mery Yolanda Sánchez

Primera edición: 2014 – Editorial Pontificia Universidad Javeriana

Segunda edición: 2019 – Himpar Editores


La prosa limpia, seca, centrada en imágenes fuertes y dolorosas, dejan retumbando en cada capítulo toda su carga poética. La alternancia de monólogos muy cercanos al delirio conforman párrafos ricos en poesía en prosa, que hacen que todo este viaje, este atajo por los lugares más olvidados y siniestros de Colombia, sean parte de la geografía espectral de las alucinaciones, y de la madre, y del ciempatas en el oído, como dándonos a entender que el delirio nace cuando el estado da la espalda, y muy bien sabemos que no se trata de una omisión involuntaria.


Como lector confieso que llegué de un solo golpe hasta el capítulo 13; luego prolongué lo más que pude los dos últimos capítulos para que no me abandonara la historia. Pero, ¿qué era lo que me impedía abandonarla? Podría responder que se debió a lo utópico del personaje principal o a la tensión que generaban las continuas situaciones de violencia, pero sería insuficiente. Es fácil amar lo amable; uno de los grandes encantos de esta novela es que logra enamorar de un contexto agreste digno de repudio, no como aceptación de un conflicto, sino como hermandad por quien porta una bandera blanca.


El atajo es de una belleza seca; no por eso menos bella, pero sí más amarga. Imagine usted a una promotora de lectura recorriendo los pueblos más apartados y hostiles donde nadie quiere leer y la ven con desconfianza, porque pretende sembrar hábitos culturales donde solo crecen drogas, mutilaciones y armas.


Alejandro Cortés González

alejandroelnotario@gmail.com


Comparto a continuación el primer capítulo:


El Charco, primer paso


Su aspecto es impecable. Se levanta, camina, mide cada paso en el doblez de sus rodillas. Inicia su ritual de lamentos apoyado en sus codos sobre la mesa. Levanta su cabeza en un esfuerzo por reflexionar acerca de lo que hablo. De ese discurso que me condena al litoral en una labor que a sus pobladores poco im­porta.

Voy a una tienda. Bebo tres botellas de agua y son un dine­ral. Primera advertencia: No encontrará agua potable.

La cafetería es atendida por una mujer con una extraña pró­tesis, tal vez construida por un herrero o un remontador de cal­zado. Su zapato ortopédico se apoya en una barra forrada con neumático. Algo quedó de la rodilla que lleva los pasos de la joven orgullosa de usar minifalda. Su seguridad me alegra.

Vuelvo con el hombre que ha perdido su cabello de tanto esperar sorpresas en un pueblo silenciado por la humedad y las constantes lluvias. Algún día, quizás altivo, perseguido, ena­morado. Ahora atiende una biblioteca en recompensa por ha­ber gritado un nombre en la última campaña política: Mire, eso de la lectura aquí no es posible, y pasa el peine por su cabeza. Valdría la pena intentarlo, convoquemos a una reunión. Invite­mos al alcalde, los maestros, los estudiantes.

Aquí solo vienen...

Irrumpen varios niños para buscar tareas de geografía, historia… Algunos adultos entran y prenden el televisor. Uno de ellos: ¡Hoy juega...! Vuelva mañana, vaya al hotel que le dije, es seguro.

Las cuatro de la tarde. Tomo mi morral y ocupo un banco del parque. Están conmigo niños que insisten en preguntar si soy de la Cruz Roja o de alguna misión religiosa. Sonrío con una respuesta negativa. Soy una página en blanco.

La joven de la cafetería sale al andén. Se mueve al ritmo de las músicas que vienen de los cuatro brazos del parque. Toma un refresco. Deja el local sin visitantes y atraviesa el vacío. Ta­rarea un vallenato, danza con su faldita estampada. Con ese delgado cuerpo, o lo poco que ha quedado de él, se me antoja marioneta. Me gusta su dignidad. Se goza su propia invalidez o es afortunada en la altivez que da la ingenuidad.


Señor, présteme un rastro, una huella, un segundo de equili­brio. Sí, señor, usted piensa como racista y cree que yo lo soy. Convénzase, soy de color pálido, mire mi rostro, es el amarillo del miedo, de la impotencia. Esa mezcla de cansancio y dolor molesta en mi carne y escarba en los huesos de la pierna de­recha. Ese suplicio nunca se va a perdonar, siempre será un grito, un reclamo. Sí, usted, que mira con odio, deme la sali­da, no importa pasar por su laberinto, por sus torturas. Quiero seguir en mis dos pies; están agotados, nunca habían estado tan­to tiempo entre botas pantaneras. Sí, las mismas que usan en la zona. En las noches no hacen ruido, pero se llevan los últimos gestos de los niños y arrastran historias que ni siquiera se pue­den recordar. Sí, no se puede nombrar nada, ni siquiera de parte de quién vengo. Sí, usted no tiene la culpa; yo tampoco. Vengo de parte del diablo, del ángel o quizás vengo de mi ne­cesidad, de mi otra cara: la de servir. Yo no pedí venir a este lugar. Alguien me concedió esta sagrada ruta por otra verdad, esa que algunos creen ver cuando almuerzan y glorifican con un vino seco.


El dolor en la rodilla continúa. Sostenerme en la derecha es imposible. Algo delgado y risueño entra en mi oído izquierdo, juega a las cosquillas, zumba; su amargo baja hasta el estómago.

En la cama me encojo. Busco el vientre de mi madre. De una madre que no se asoma por ninguna parte. Me quiero otra vez germen, detrás de esta claridad. Me armonizo y soy capaz de morderme el dedo gordo del pie. Sabe mal. Una multiplici­dad de imágenes en mis ojos. Afuera hay música pero hoy es­torba. Hay gritos de los que se embriagan para poder decir en voz alta su Padre Nuestro. Así practican su religión. Ululan borrachos, quieren olvidar la realidad. Es mejor borrar, igno­rar. Pensar en salidas es complicado. Y se estrellan botellas, se estrujan tetas y los culos de las mujeres se chocan contra las puer­tas, ceñidos por manos que buscan sexo en vírgenes negras.

Dos días del recorrido y la pierna insiste en enseñarme cómo poner una palabra seguida de otra en el puente de las sombras.

Cuánto silencio se ha amontonado en mi cabello. Qué desazón al tacto con el barro que piso. Cómo decidir cuál de las trochas es la mejor, si estoy en el centro de una historia que desconozco.

Es inútil, pruebo con el funcionario una, dos y tres estrate­gias. La carne es dura y costosa. Preguntan quién soy y aplico el libreto. Cuando las miradas me persiguen, repito el pedido de siempre, un coco, por favor.


Soy las manecillas de un reloj que busca su eje para no quedar en el giro involuntario del aire. Camino en el tiempo del es­panto. Tropiezo con saltimbanquis de tres piernas que levantan banderas. Algo vacila en mis ojos, fragmenta cuerpos que mar­chan con el pecho abierto. Sube y baja el termómetro que mira inclemente. Dudo si soy yo quien se levanta. Salgo, murmuro incoherencias. Abro los brazos y ahora soy una cruz enclavada en la puerta. En el patio de atrás silban los niños muertos en la hora de la madre. Escupo una y mil veces hasta quedar sin saliva. Encuentro mi pasado restregándose en mi espalda. Ella aparece ojerosa como en otras épocas, se acomoda en mis axilas, en los más mínimos gestos de mi rostro. Trae en el movimiento de sus nalgas las canciones de infancia que no pude aprender. Aparece en los diarios. Sus dientes esperan las presas para su vientre. Las ansias se confabulan con el grito, pequeños porme­nores en el contenido de lo pesado y amargo de una equivoca­ción. Arrastra los niños y pronto regresará por mí. Ella está atenta; sé que en adelante será mi compañía más leal. Mien­tras tanto, una gata asustada espera que yo salte como su gato y vomite, que la corretee por los tejados para divertirnos en el clímax del dolor. Firme, como las gatas, en tiernos gemidos que alzan los techos de las casas.


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