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Máquina triste

Autor: Alan González Salazar

Primera edición: Pereira, 2018

Editorial: Jirafa Enana Editorial



Con una prosa limpia y plena de sentido poético, Alan González pone el foco de la narración en Punky, un frespúdel callejero, en su llegada a una familia necesitada que se gana la vida vendiendo incienso, escapularios y demás, frente a la Catedral de Nuestra Señora de la Pobreza, y en su partida cuando la familia, llevada por el hambre y la falta de dinero, debe venderlo para que alguien más le garantice la alimentación que ellos ya no pueden darle.


Se va el perro, no el amor por él. Pasados más de cuarenta años regresa la imagen de Punky para sacarnos de estructura, porque el foco narrativo ahora está en otra parte. El frespúdel es una máquina triste de esta estremecedora historia que profetiza lo que no se puede evitar.


Así es Máquina triste, un relato breve contado por la voz de un niño, conmovedoramente escrito por un poeta, publicado en una edición hermosa y sobria con el respaldo de la Librería Roma de Pereira, que nos recuerda cómo nuestros amigos peludos, en verdad, no tienen precio, porque incluso ante la aparente victoria de la necesidad, el amor prolonga su brillo más allá del capital.



Alejandro Cortés González



Comparto a continuación uno de mis fragmentos favoritos del libro:



La niñez se va en un vuelo. Uno confunde con facilidad la sonrisa de los adultos, sus atenciones y muestras de afecto. Los más cercanos siempre advierten: “No le recibas nada a nadie. En un dulce te pueden echar burundanga”. Como los peces, el grande se quiere comer al pequeño. Lo primero que preguntan: ¿Tienes hambre? ¿Quieres algo? No…, quiero ver a mi madre feliz. A media noche me despertaron sus sollozos. Pasé la noche en vela y odié a ese hombre que se hace llamar padre, como nunca. Quise su muerte. Un niño quiere la muerte de su padre. Pero me arrepentí de inmediato y vine a llorar ya en la mañana, antes del baño. Mi señora madre tiene amigos y debe confiar en ellos. “El médico está fuera de la ciudad, mijo”. Un amigo incondicional —como ella siempre resalta—, que nos ayude de vez en cuando. ¡Está fuera de la ciudad! ¡Benditos los que pueden huir! A los que no les pesa un día festivo como a nosotros. ¿¡Quién nos viera!? ¡Nadie, nadie, nadie!, caminar, ansiosos, buscando qué comer. Las patas cenagosas del perro resaltan sus crespones blancos. No vale tres billetes el perro. ¿Cómo se puede entregar una vida por plata? No vale tres billetes. ¿Cuántos días más? ¿Años? Mis piernas vacilan. El perro y yo sentimos temor. Mañana puede ser otro día. “Iré por ti, donde estés”, le prometí a Punky, mirándolo.



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