Lo que quería decir era otra cosa

Autor: Michael Benítez

Primera edición: 2019

Editorial: Ediciones Exilio



En Lo que quería decir era otra cosa —libro cuyas dos primeras partes corresponden a breves poemas en prosa y la tercera incluye una selección en verso de las plaquettes previas del autor llamada “Papeles”—, encuentro algunos versos que dan muestra de una gran capacidad de observación y evocación desde la mirada de un poeta. Lo que más resalto de este libro y, en general, del estilo de Michael, es la espontaneidad natural de un niño, algo que todo buen poeta debe conservar sin importar su experiencia ni reconocimientos. Esa espontaneidad que le permite al autor evocar con los ojos limpios a un grupo de amigos viendo Super Campeones, a un niño que vive en la calle y piensa que tiene la casa más grande, a un niño para quien amar es tener la decisión de darle la vuelta a un cucarrón. La muerte deambula en estos poemas; tal vez, lo más conmovedor, es el intento inútil por ignorarla.



Alejandro Cortés González

alejandroelnotario@gmail.com



Comparto a continuación dos poemas del libro correspondientes a la segunda y tercera parte, respectivamente:



V


Mis amigos salían de la tierra a jugar conmigo. Yo salía del centro de mí mismo. Los despertaban las lluvias de abril.


Amar es darle la vuelta a un cucarrón que mira el cielo.



Árboles de hielo


I

Siempre me gustaron

los Súper Campeones

los veía todos los sábados

a las tres de la tarde

en el televisor de la casa

el único que había en toda la vereda.


Era muy chévere:

sudando nos sentábamos

después del partido

mis primos, mis vecinos y el balón

(pues sabíamos que él también era nuestro amigo).


Un día, cuando llegamos de jugar,

ni mi mamá ni mi papá estaban en la casa

y del televisor surgió una lluvia de moscas

que nos cubrió los rostros.


No sabíamos qué pasaba:

el cielo se puso rojo

y de las nubes surgieron burbujas de sangre

que explotaron en nuestros ojos.


De la calle un ruido negro

—y no me digan que no llore—

subía el telón

y dejaba ver la noche:

ellos también jugaban

a los Súper Campeones

y el balón —su amigo

era la cabeza

de mi padre.




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