Física del estado sólido

Autor: Hellman Pardo

Primera edición: 2021

Editorial: Sílaba Editores

Premio Nacional de Libro de Poesía Ciudad de Bogotá, 2020.



Con Física del estado sólido Hellman, como algunos grandes autores nacionales, hace avanzar la poesía colombiana. Entiende que un libro, a veces, es más que un puñado de buenos poemas. Este es un cuerpo poético sólido, compacto, donde el autor se atreve a experimentar —como buen científico en su laboratorio—, a poner en su matraz literario la ciencia para despojarla de su rudeza, no de su encanto; la historia, las hipótesis de la imaginación, el acervo científico y el humor didáctico con el que cuenta (sí, cuenta) la poesía, le ayudan a alejarse de retoricismos y facilismos laudatorios.


Hacen falta más libros como este, que sacuden el polvo de la anquilosada tradición de la poesía colombiana. Aquí la ciencia se transforma en materia estética, en discurso didáctico, en riqueza poética que conmueve y se disfruta. Al fin y al cabo, el arte y la ciencia existen para la transformación.



Alejandro Cortés González

alejandroelnotario@gmail.com



Transcribo a continuación dos de mis muchos poemas favoritos de este libro. Uno de ellos es “Alquimia”, que habla sobre mi amado Novalis y su amada Sophie:



Cero absoluto


En el antiguo Egipto,

los números se representaban

con las formas nobles de la belleza:

el uno era el bastón de mando

del faraón vencido en tiempos de las plagas;

el diez, una herradura invertida

en conmemoración de los caballos caídos

en la época de Amenofis tercero;

el cien, la cuerda para colgar a los homicidas;

el mil era la flor de loto

donde pastaban envidia los eunucos;

el cienmil, la rana chillona

que croaba sin descanso por el Nilo;

un millón era simple:

un esclavo de rodillas.


Los egipcios nunca se preocuparon

por el número cero o su doble, el infinito.

El cero apareció cuando los cristianos

asesinaron a los islamistas en las cruzadas:

los presbíteros necesitaban contar

las cabezas rodadas en tierra de musulmanes.


Esas cabezas son la nada,

Dijeron Silvestre Segundo y Gregorio Séptimo

y veinticuatro papas más.

Desde entonces,

el cero es la cabeza abatida

en la economía numérica de la nada

y si es la nada, quizá no existe,

o existe siendo la columna cóncava del pensamiento,

la negación, la ausencia de todo número,

la energía oscura de oscuros pontífices

en sus tronos regicidas.


En la Biblia, como en el Libro de los muertos,

el cero es todo aquello que puede ser

pero que todavía no es,

como un ojo inmovilizado en el frío de los fusiles.


A la derecha el cero pesa,

a la izquierda, es el vacío.

Pero existe un cero que es más vacío, más nulo, más nadie:

el cero absoluto,

la temperatura más baja que puede soportar cualquier sustancia,

donde las moléculas no vibran y la nada desciende,

como un número más que se fragmenta en sí mismo.



Alquimia


Para transmutar el alma a los metales,

los alquimistas purificaban su cuerpo con la oración,

el ayuno

y un racimo de magnolias azules en la cocina.


Azules eran las magnolias de Novalis,

hijo de mineros,

que escribía con el carbón muerto de su padre

fórmulas especulativas y uno que otro poema

para convertir el oro en mercurio.


Novalis, seguidor de Santo Tomás de Aquino,

se enamoró de Sophie von Kühn, quien,

desde su nacimiento,

hacía temblar con su tos establos y porquerizas.


Torturado por esa fiebre y ese amor,

Novalis pasó noventaisiete noches en busca de alivio

para la tuberculosis:

con el mercurio que nunca fue oro

elaboró una pócima cristalina

y se la hizo beber a Sophie.


La tos incrementó de potencia y pronto las vacas también tosían su pasto infértil.

En otra noche desplumó un ganso

y con los penachos preparó una infusión

que ungía en su pecho para alejar la tisis.

Sophie comenzó a lanzar moscas por la boca.

El hijo de mineros

ensayó con pólvora mezclada con tres jacintos

arrancados del jardín de las delicias.

A la tuberculosis, se sumó la catatonia.


Sophie von Kühn murió en los brazos de Novalis,

el último alquimista que persiguió la transmutación del alma

en una flor azul.




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